Era una tarde de verano, comenzaba a saber que una de las cosas que más me gustaba era, indudablemente escribir.
Como antes decía, agarrar una lapicera y apretarla lo más fuerte posible contra el papel y así, olvidar.
Cuando tenía trece años, escribía poesías, horribles, contando el sabor que tenía su boca.
Mi tía se recosto junto a mí, justo en ese momento.
Era un escrito más, uno de los tantos que escribí durante años, para nada especial, ni el más poético, ni el más verdadero, uno más, y con esos versos, la deje ir.
Todas las noches volví a abrir ese cuaderno, me heche la culpa una y otra vez.
El miedo me paralizo.
Me odie de nuevo, pero ella ya no estaba, jamás iba a volver.
Prometí cambiar.
Anterior a esto hubo fuego, más fuego.
Baje de el auto, y ha de surgir justo en ese momento mi segunda manía mas estúpida.
Hacer llamados de auxilio que no hacen más que revelar lo que generalmente nadie quiere que se le revele.
Nuestras respectivas miserias.
Pero tan mal esta que yo quiera que sepas que te necesito?
Me escondí detrás de un árbol, y surgió allí, mi primer ataque de nervios.
Llame a 30 personas, incluyendolo a él.
Vi llorar a todos, a gente hecha a golpes.
Entre las calles oscuras decidí irme, sola.
Y luego dije: tengo que cambiar.
Se que no soy perfecta, que necesito saber que mañana va a haber algo sólido.
Al día siguiente me desperté, en una cama que no reconocía muy bien, estaba sola.
Y cuando llegue, mi placard estaba en el garage, agarre mi ropa.
Tenía ese olor que hasta el día de hoy esta impregnado en mi nariz, un olor horrible.
Y así era, estábamos en la nada misma.
Quizás de ahí provenga mi miedo, o quizás son puras justificaciones.
¿Qué probabilidad hay de que me acuerde de un almuerzo común ocurrido hace cuatro años?
Remotas.
Aun así recuerdo los tallarines con tuco, hechos con amor.
Por primera vez en mi vida no pude tragar, aunque sabía que estaban riquisimos.
Todavia sueño con tu abrazo en mi fiesta de quince.
¿Quién rezo por mi estos cuatro años que estuviste ausente?
Jamás voy a olvidarme de ese papelito que encontré en algunas de tus cosas, pidiéndole al pastor que por favor yo y mis hermanos estuviéramos bien.
No pedías por vos, dabas, dabas, dabas, sin pretender nada a cambio.
Tendria que aprender algo de ella no?
Hoy que no está, se cuando la quise y no creo haberle devuelto demaciado, lamentablemente con ella tampoco hice las cosas bien.
Me siento culpable.
Tengo que cambiar.
¿Tengo que cambiar?
Escribe, escribe...no dejes de escribir nunca.
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