lunes, 10 de enero de 2011

Colección: Refugio

Había una vez un refugio, hermoso e indestructible.
Cada vez que algo malo ocurría él estaba allí.
Ella corría hasta quedar encerrada en esas cuatro paredes, en ocasiones permanecía dentro durante días, meses e incuso a veces durante años.
Ahí la niña se recuperaba, curaba todas y cada una de sus heridas y luego lentamente borraba las cicatrices.
Se sentía mejor que nunca adentro de aquel refugio, protegida, aislada de todo y de todos; parecía como si nada pudiera hacerle daño allí.
Ese era su lugar en el mundo, su isla desierta, no había ninguna duda de eso.
Era raro pero la puerta siempre estaba abierta para la niña, que pronto fue creciendo y convirtiéndose en una mujer. Todo fue cambiando en su vida y  a su alrededor.
A veces ella caía, y cada vez que lo hacia, se hundía en un mar de lamentos, en un pozo, en un abismo.                                                                 
Había una sola cosa que parecía no cambiar a pesar del paso del tiempo, el refugio. El único que seguía ahí, junto a ella.                                                           
Cuando  aquella mujercita no tenía fuerzas para  poder seguir,  quedando totalmente inmovilizada, era entonces cuando él la tomaba de la mano, no la dejaba caer y caminaba a su lado siguiéndole los pasos.                                           
Como explicar el calor que ese refugio emitía, la belleza de sus colores, la armonía de sus olores, parecía música interna. Y como describir la calma que la muchachita sentía al entrar en él, la alegría, la protección. ¡Era tan hermoso! ¡El mejor de todos los refugios! , aunque nunca fue perfecto.
En otoño sus paredes comenzaron a descascararse, un olor a humedad lo invadió por completo, la música era lúgubre. Se convirtió repentinamente en un lugar sumamente desagradable.
Ya con veinte años resolvió comenzar a reconstruirlo, para devolverle de alguna manera todas las cosas que él le había dado.                                                
Inició pintando las paredes de un azul intenso, dejando atrás aquellas tonalidades descoloridas, luego abrió las ventanas y lijo la puerta. Cubrió el suelo con una alfombra afelpada, la más suave de todas, roció cada rincón de aquel añejo lugar con el perfume más exquisito de todos. Sobre las paredes frescas posó algunos cuadros, fotos y hasta escribió algunas frases.
Era de noche cuando por fin terminó su ardua tarea, había quedado perfecto, parecía el mismísimo paraíso, pero a pesar de esto la gente seguía cruzando la calle cada vez que pasaba por aquella esquina, algunos la llamaban loca, otros la miraban de reojo, pero nadie la comprendía. Se había cansado de las críticas, la hermosa mujercita.                                                                               
Un domingo lluvioso de septiembre para ser más precisos, ella explotó cansada de luchar por la misma causa, se rindió, sin remedio alguno. Abrió la puerta principal con lágrimas en los ojos y vio su refugio lleno de gente, de mujeres, todas miraban sorprendidas el azul de las paredes, admiraban aquella suave música y se enamoraban de aquel irresistible aroma.                                           
La lluvia nunca cesó, todo se había derrumbado, el árbol había sido cortado de raíz, ya no había melodías. Se convirtió en el refugio de muchas mujercitas y a veces se escucha un llanto de bebé.
Ella todavía hoy lo sigue admirando, lo sigue llorando, lo sigue buscando, jamás podrá olvidarlo, todavía le escribe, lo recuerda, lo piensa. Muy pocas veces lo encuentra. Siempre van a estar juntos en algún plano de la realidad o de la fantasía.
Atemporal, Inigualable.

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