Porque en mi ADN no está disfrutar, no me lo permite mi morfología, bien lo sabes.
Se cuela por mis huesos, pasa por mis entrañas, las recorre, la retengo durante un momento, ya no aguanto, pero lo hago, por inercia. Y sale al exterior, como un oleaje arrasando todo lo que en su camino se cruce, y va y vuelve. Hasta meterse nuevamente dentro de mí, se esconde. No puedo encontrarla.
Nadie sospecha, pero se sorprenden cuantas veces sea posible.
Una vez oculta, se mueve dando indicios de su existencia, para que se la recuerde y se sienta su presencia. Yo odio su forma, sus maneras, sus acordes, sus tonalidades, y aun así nadie ha logrado exterminarla; pareciera que el odio la hiciera más fuerte, se alimentase de él.
El amor repugna en algún punto; así que se opaca, se camufla, se hace invisible, nadie ya comenta su existencia. La gente, olvida rápido, no así los protagonistas, en los que las marcas son más que evidentes. Entonces el recuerdo vuelve, con la marea que esta obligada a calmar por si misma, y alguna vez, existen las responsabilidades. Charlamos, me soborna, dejo que lo haga, la golpeo, la mimo al rato, la acaricio. Y me duermo, como si el sueño fuera la única salvación (lo es), siempre y cuando el insomnio no quiera revelarse y convertirse en moneda corriente.
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